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IL POSTINO

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sábado, 5 de abril de 2008

EL DOBLE SINIESTRO

Freud englobó al doble dentro de lo siniestro, y lo explicaba como un regreso a fases anteriores en el desarrollo de la percepción del “yo”, donde éste todavía no había sido delimitado y debidamente alejado del mundo exterior y de los demás.

domingo, 23 de marzo de 2008

DUDA CARTESIANA , Sosias , Dostoievski

Ése era otro señor Goliadkin, enteramente diferente y, sin embargo, enteramente idéntico al primero, de la misma altura, del mismo talle, vestido del mismo modo, con la misma calvicie. En suma, nada, absolutamente nada, faltaba para una semejanza completa, de tal modo que si los colocasen uno junto a otro nadie, absolutamente nadie, se hubiese comprometido a decir cuál era el auténtico Goliadkín y cuál el falso, cuál el viejo y cuál el nuevo, cuál el original y cual la copia... Nuestro héroe, sí cabe la comparación, se parecía a un hombre sobre el cual, por vía de diversión, un bromista ha enfocado una lente cóncava. «¿Qué es esto? ¿Es sueño o no? -pensaba-. ¿Es algo real o continuación de lo de ayer? ¿Pero cómo puede ser? ¿Con qué derecho se hace esto? ¿Quién ha admitido a este empleado? ¿Quién lo ha autorizado? ¿Estoy dormido? ¿Estoy soñando?» El señor Goliadkín probó a pellizcarse y hasta pensó en pellizcar a alguien más... No. No era sueño, y sanseacabó. Sentía que el sudor le brotaba copiosamente, que

lo que le pasaba era algo sin precedentes,
algo hasta allí nunca visto y, por ello mismo, vergonzoso, para colmo de su infortunio, pues se hacía perfecto cargo del perjuicio que suponía ser el primer ejemplo de tamaña bufonada. Llegó, por fin,
a dudar de su propia existencia,
y aunque antes estaba dispuesto a todo con tal de despejar sus dudas fuese como fuese, en la índole misma del caso iba, por supuesto, anexo un elemento de sorpresa. La congoja le agobiaba, le torturaba. A veces perdía el discernimiento y le fallaba la memoria. Al volver en su acuerdo tras un momento así notó que su pluma corría maquinal e inconscientemente sobre el papel. Sin fiarse de sí mismo leyó lo que había escrito.., y no entendió nada. Finalmente, el otro señor Goliadkin, que en el ínterin continuaba sentado tranquila y decorosamente, se levantó y desapareció por la puerta de otra sección para atender a algún trámite. El señor Goliadkin echó un vistazo a su alrededor. Nada. Todo estaba en calma. Lo único que se oía era el garrapatear de las plumas sobre el papel, el crujido de las hojas al ser repasadas y el runrún de las conversaciones en rincones algo apartados de donde estaba Andrei Filippovich.

sábado, 22 de marzo de 2008

ASADO A FUEGO LENTO , Sosias , Dostoievski

El señor Goliadkin levantó al cabo la vista y si no se desmayó fue sólo porque lo había presentido todo desde el primer instante, porque había sido advertido de antemano, porque en su corazón había adivinado quién era el recién venido. El primer movimiento del señor Goliadkin fue lanzar una rápida ojeada en torno para ver si alguien estaba cuchicheando, o contaba algún chiste oficinesco sobre el caso, o hacía una mueca de sorpresa, o si, por último, alguien, presa de espanto, se había desplomado bajo su pupitre. Pero con grandísimo asombro suyo nada de ello se produjo. El comportamiento de sus camaradas y colegas le sorprendió. Parecía rebasar las lindes del buen juicio. El señor Goliadkin llegó a asustarse de tan insólito mutismo.

La realidad hablaba por sí misma:

era un caso extraño,

era un caso feo,

era un caso absurdo.

¡ Bien había de qué alterarse !

Todo esto, por de contado, pasaba sólo fugazmente por el caletre del señor Goliadkin, quien se sentía como si estuvieran

asándolo a fuego lento.
Y no sin razón.
Quien ahora estaba sentado enfrente del señor Goliadkin

era el terror del señor Goliadkin,

la vergüenza del señor Goliadkin,

su pesadilla de la víspera,

en una palabra, era el propio señor Goliadkin.

HASTA CON UN DESASTRE , Sosias , Dostoievski

La inquietud y la ignorancia de una cosa que tan de cerca le atañía le acongojaba más que la cosa misma. Y he ahí por qué, a despecho de la promesa que se había hecho de no mezclarse en nada, fuera lo que fuese, y de apartarse de todo, fuera lo que fuese, alzaba la cabeza de vez en cuando, a hurtadillas, y miraba furtivamente las caras de sus compañeros, a derecha e izquierda, tratando de inferir por ellas si había algo nuevo, algo especial que tuviera que ver con él y que por algún motivo inconfesable procuraban ocultarle. Sospechaba que había un nexo inequívoco entre lo acontecido la noche antes y lo que en ese momento le rodeaba. Por último, en su angustia empezó a desear que todo se resolviera cuanto antes, como Dios quisiera,

hasta con un desastre...,

¡no importaba!
El destino vino a secundar su anhelo. No bien hubo formulado su deseo cuando quedaron despejadas sus dudas. Ahora bien, del modo más extraño e insospechado...

FEBRIL PESADILLA , Sosias , Dostoievski

A las ocho en punto del día siguiente el señor Goliadkin se despertó en su propia cama. Al momento, y en todo su horrible alcance,

reaparecieron en su imaginación y memoria

los insólitos acontecimientos de la víspera

y de toda esa noche inverosímil, frenética,

con sus lances punto menos que imposibles.
La cruel y diabólica malicia de sus enemigos y, en particular, la evidencia final de esa malicia le helaron el corazón. Por añadidura, todo había sido ´
tan extraño,

tan incomprensible

y absurdo

que, en efecto,

resultaba difícil darle crédito.
El señor Goliadkin no hubiera tenido empacho en considerarlo como
febril pesadilla,
como
momentáneo trastorno de la fantasía,
como
ofuscación del entendimiento,

si afortunadamente no hubiera sabido, por su amarga experiencia de la vida, los extremos a que puede la malicia empujar a un hombre, hasta dónde puede llegar a veces la furia de un enemigo empeñado en vengar su honor o su amor propio. Como si ello no bastara, los doloridos miembros del señor Goliadkin, su aturdida cabeza, su molida cintura, su maligno resfriado, atestiguaban y confirmaban de sobra la realidad de esa carrera nocturna y, en parte también, lo demás que ocurrió durante ella. Y finalmente el señor Goliadkin sabía desde hacía largo tiempo que se tramaba algo contra él y que en la conjura andaba otra persona. Pero, bueno, ¿y qué? Después de pensarlo debidamente resolvió no decir nada, resignarse y reservar su protesta hasta el momento oportuno.

IDÉNTICOS , Sosias , Dostoievski

El señor Goliadkin estuvo a punto de alcanzarlo. Dos o tres veces le rozó la nariz el borde del gabán del desconocido. De pronto se le cayó el alma a los pies. El misterioso personaje se detuvo frente a la puerta misma del apartamento del señor Goliadkin, llamó con los nudillos y (lo que en otra ocasión hubiera sorprendido al señor Goliadkin) Petrushka, como si hubiera estado esperando sin acostarse, abrió al punto la puerta y con una bujía en la mano alumbró la entrada del desconocido. Fuera de sí, nuestro héroe entró corriendo en su domicilio. Sin despojarse del gabán y el sombrero siguió por el corto pasillo y se detuvo, como alcanzado por un rayo, en el umbral de su habitación. Todos los presentimientos del señor Goliadkin se habían cumplido. Todo lo que temía y sospechaba se había trocado en realidad. Se le cortó el aliento y sintió un mareo. El desconocido estaba sentado en su propia cama, sin quitarse el gabán y el sombrero; y con una ligera sonrisa, frunciendo levemente el entrecejo, le dirigía un amistoso movimiento de cabeza. El señor Goliadkin quiso gritar, pero no pudo; protestar de alguna manera, pero le fallaron las fuerzas. Se le erizó el cabello y

se desplomó exánime del horror que sentía.
¿Y cómo no?
El señor Goliadkin
había reconocido enteramente a su amigo nocturno.

Su amigo nocturno no era otro que él mismo,

el propio señor Goliadkin,

otro señor Goliadkin,

pero

absolutamente idéntico a él...
En una palabra,
su doble...

COMO LA LAPA , Sosias , Dostoievski

El señor Goliadkin presentía, sabía, estaba absolutamente seguro, de que algo maligno le sobrevendría en el camino, de que un nuevo infortunio descargaría sobre él, por ejemplo, que volvería a tropezar con su desconocido. Pero, por extraño que parezca, él mismo deseaba ese encuentro, lo juzgaba inevitable, e imploraba sólo que todo acabara cuanto antes, que su situación se resolviese de algún modo, con tal que, repetimos, fuera lo más pronto posible. Y entre tanto seguía corriendo, como empujado por una fuerza ajena, puesto que su cuerpo sólo albergaba debilidad y embotamiento. No podía pensar en nada, aunque su mente, como la lapa, se agarraba a todo.

CONOCÍA SU NOMBRE , Sosias , Dostoievski

Más aún, el señor Goliadkin conocía plenamente a ese hombre, sabía incluso cómo se llamaba, cuál era su apellido. Y, sin embargo, para decirlo una vez más, no hubiera pronunciado su nombre por todo el oro del mundo ni hubiera confesado que se llamaba así, que tal era su patronímico y tal su apellido. No puedo decir si el aturdimiento del señor Goliadkin duró poco o mucho, ni cuánto tiempo permaneció sentado al borde de la acera, pero al fin se repuso un tanto y echó a correr cuanto le permitían sus piernas, sin mirar atrás. Iba jadeante, casi desalentado. Tropezó un par de veces y a punto estuvo de caer, y una de esas veces el otro chanclo del señor Goliadkin se despidió de su correspondiente bota. Finalmente el señor Goliadkin acortó un poco el paso para tomar aliento, echó una ojeada fugaz a su alrededor y vio que, sin advertirlo, había recorrido su camino habitual a lo largo de la Fontanka, cruzado el puente Anichkov, seguido un trozo del Nevski Prospekt, y que estaba ahora en la esquina de la calle Liteinaya. Su estado en ese momento era análogo al de un hombre que

se halla al borde de un horrible precipicio

cuando la tierra se desmorona bajo sus pies,

tiembla, se mueve, oscila por última vez y se hunde,
arrastrándolo, en el abismo, mientras el cuitado carece de bríos o fuerza de voluntad para dar un salto atrás, para desviar los ojos de la sima voraz.
El abismo lo llama
y él mismo acaba por lanzarse en él,
ansioso de apresurar su fin.

COMPAÑERO NOCTÁMBULO , Sosias , Dostoievski

El señor Goliadkin pudo al fin ver con claridad a

su nuevo compañero noctámbulo
y lanzó
una exclamación de asombro y horror.
Le flaquearon las piernas. Era el mismo transeúnte junto al cual había pasado diez minutos antes, que ahora reaparecía inopinadamente. Pero no fue sólo ese portento lo que maravilló al señor Goliadkin, y tan maravillado estaba que hizo alto, lanzó un chillido e intentó decir algo. Echó a correr tras el desconocido, gritándole algo, con la probable intención de detenerlo lo antes posible. El desconocido se detuvo, en efecto, a unos diez pasos del señor Goliadkin, donde la luz de un farol alumbraba toda su figura, dio la vuelta para encararse con él y, con inquietud e impaciencia, esperó a ver qué decía. -Perdón. Quizá me he equivocado -dijo nuestro héroe con voz trémula. El desconocido le volvió la espalda irritado y a toda prisa reemprendió la marcha como afanoso de recuperar los dos segundos que había perdido con el señor Goliadkin. En cuanto a éste, le temblaba el cuerpo entero, se le doblaban las piernas, se desmadejaba todo él, y con un gemido se sentó en el borde de la acera. Pero, bien mirado, tenía
motivo bastante de trastorno,
pues creyó que
el desconocido le era de algún modo familiar.
Esto, en sí, no tenía nada de particular. Ahora bien,
conocía a ese hombre,

estaba casi seguro de conocerlo.

Lo había visto a menudo, incluso hacía poco.

¿Pero dónde?

¿El día antes?
Lo importante, sin embargo, no era tampoco haberlo visto a menudo. En ese hombre nada llamaba la atención a primera vista. Era un hombre como otro cualquiera, un hombre, por supuesto, respetable como lo son todos los hombres respetables, y hasta quizá con algunas buenas cualidades. En suma, un hombre que iba por su camino. El señor Goliadkin
no sentía odio hacia ese hombre

no sentía inquina hacia ese hombre,

no sentía la más mínima antipatía hacia ese hombre;
antes bien, todo lo contrario. Y, sin embargo -y esto sí era lo principal-,
no hubiera querido encontrarse con él
ni por todo el oro del mundo
y, en particular, encontrarse con él en circunstancias como las actuales.

CORRE GOLIADKIN CORRE , Sosias , Dostoievski

Si ahora un observador externo e imparcial echase un vistazo al señor Goliadkin y viese su atormentada fuga, comprendería al punto el espantoso horror de sus infortunios y diría sin más que tenía el aspecto de un hombre que

quería escaparse y esconderse de sí mismo.

Sí, eso precisamente.
Más aún, ahora el señor Goliadkin no sólo deseaba escapar de sí mismo, sino
destruirse por completo,

dejar de ser,

convertirse en polvo.
En ese momento no tenía noción alguna de lo que le rodeaba, no entendía nada de lo que a su alrededor sucedía (....) En momentos tales
se esfumaba, dejaba de existir.
Luego
arrancaba otra vez

como enloquecido

y corría, corría desalentado,

como si se viese perseguido

y quisiese escapar
a todo trance de una calamidad todavía mayor... Era horrible, en efecto, su situación...

ANIQUILADO, Sosias, Dostoievski

(....) el señor Goliadkin, fuera de sí, corrió al muelle de la Fontanka, junto al puente Izmailovski,

para zafarse de los enemigos que le perseguían,

para zafarse de los insultos que en aluvión caían sobre él,

para zafarse de los gritos de alarma de las viejas,

para zafarse de los lamentos y suspiros de otras mujeres

y para zafarse de las miradas aplastantes de Andrei Filippovich.

Había quedado aniquilado
en el pleno sentido de la palabra, y si aún podía correr era sólo por un milagro en que él mismo se negaba a creer.

PÁJARO HACIA CAZADOR , Sosias , Dostoievski

Mi regla, señores, es que si fallo la primera vez hago de tripas corazón, y si tengo éxito aguanto cuanto puedo. En todo caso, no echo la zancadilla a nadie. No soy intrigante, de lo cual me enorgullezco. No sirvo para diplomático. Dicen, señores, que es el pájaro el que vuela hacia el cazador. Eso es verdad. De acuerdo. Pero

¿quién es aquí el cazador y quién el pájaro?
Ahí tienen otra pregunta.

PARANOIA GALOPANTE , Sosias , Dostoievski

(....) Lo único que le pregunto, Krestyan Ivanovich, es cómo se vengaría usted de un enemigo, de su peor enemigo, o de quien juzgase usted como tal -concluyó el señor Goliadkin, mirando provocativamente a Krestyan Ivanovich.

(....) -Tengo enemigos, Krestyan Ivanovich, tengo enemigos. Tengo enemigos mortales que han jurado destruirme... -repuso el señor Goliadkin en un murmullo de pavor.

-¡Basta, basta! ¡Qué enemigos ni qué niño muerto! ¡No hay por qué pensar en enemigos! ¡No hace la maldita falta! Siéntese, siéntese -prosiguió Krestyan Ivanovich, logrando por fin que el señor Goliadkin tomara asiento en el sillón.

EL NO SOY YO , Sosias , Dostoievski

« ¿Le saludo o no? ¿Respondo de algún modo o no?

¿Admito que soy yo o no? -

pensaba nuestro héroe con indecible angustia-.


¿O finjo que no soy yo,

sino alguien que se me parece muchísimo,


y hago como si nada hubiese pasado?


En fin,


que no soy yo,


que sencillamente no soy yo,


y basta -dijo el señor Goliadkin quitándose el sombrero ante Andrei Filippovich y sin apartar de él los ojos-.


¡Que no soy yo


-murmuraba con esfuerzo-,

que no soy yo,


que no, señor, no soy yo,


eso es todo!»


(....) frunció el ceño y lanzó una mirada terrorífica y retadora al rincón opuesto del carruaje, destinada a pulverizar instantáneamente a todos sus enemigos.

ALBOROTADOS SUEÑOS, Sosias, Dostoievski

Durante unos instantes, sin embargo, permaneció inmóvil en la cama como si no estuviese aún seguro de estar despierto o de seguir durmiendo, de si lo que acontecía en torno suyo era, en efecto, parte de la realidad o sólo prolongación de sus alborotados sueños.