Sí;
por mucho que razono,
por más que me lo explico,
no puedo estar solo en mi casa.
Él no se aparece, pero me domina. No vuelve. Todo acabó. Pero sufro como si volviera. Invisible para mis ojos, ahora se clava en mi pensamiento.
Lo adivino detrás de las puertas,
lo adivino dentro del armario,
lo adivino debajo de la cama,
lo adivino en todos los rincones,
lo adivino en cada sombra,
lo adivino entre la oscuridad...
Si me acerco a la puerta,
si abro el armario,
si miro debajo de la cama,
si aproximo una luz a los rincones,
huye con la oscuridad:
nunca se presenta.
Quedo convencido, no se presenta, no existe, y, sin embargo, me obsesiona.
Es imbécil y horrible.
¿ QUÉ PUEDO HACER ?
¡ NADA !
Si alguien estuviera conmigo, él no me turbaría.
Turba mi soledad;
le temo,
porque la soledad me acongoja.
