Visitas al sitio

IL POSTINO

IL POSTINO
Mostrando entradas con la etiqueta EL LUGAR DE LAS CITAS FIELES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EL LUGAR DE LAS CITAS FIELES. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de agosto de 2010

LOS VIEJOS SETOS

Salvajes, cubriendo el horror, el misterio y el aburrimiento,
unas veces llenos de día, otras veces llenos de noche,
de murmullos y de silencios;
hostiles al tacto como los erizos,
ellos están allí, enredando a los eternos estremecientos
de interminables somnolencias.

Ellos tienen la postura y el color de los bosques:
Espinos blancos, retamas, helechos, y a veces
un brillo de madreselva
les dan un olor suave al respirar;
¿sus frutos? Es el azar que les hace prosperar,
y es el mirlo quien les recolecta.

Ellos son una cortina para el sendero empolvado,
un refugio para el pastor, y para los amorosos
el lugar de las citas fieles;
y cuando la sombra ennegrece la llanura y el barranco,
la monja lavandera y el malo adivino
dialogan al lado de ellos.

Todos los antiguos matorrales empujan tupido, alto y derecho,
como también, bien a menudo, ellos se inclinan, y se les ve
bajo el azur claro o que se pliega,
debajo del arroyo murmurador o dormido,
la curvatura agresiva y el enmarañamiento
espantoso de la zarza.

Raramente rozados por las bonitas mariposas,
ellos son el laberinto amado de los viejos grillos;
más de una cigarra entristecida
ya aventura un sonido pobre y que la edad torció;
ranas y sapos visitan su fosa,
y la culebra es su anfitriona.

¡Por desgracia! dentro de estos revoltillos que ella conoce tan bien
la culebra socarrona urde su mudo va y viene
que mucho silbido entrecorta;
¡Desgracia al nido de pájaro! La ogresa a pasos retorcidos
se trepa para succionar los huevos puestos tan frescos
dentro del pobre pequeño cáliz.

A la larga, a veces, estos grandes matorrales horribles
bebieron todos los venenos que van a chorrear sobre ellos
el áspid y la víbora negra:
También, cuando el verano ardiente de los desiertos
pasea al fondo de los agujeros, sobre la ola o dentro de los aires
su invisible calentador.

El seto envenenado, después de su largo sueño,
estira sus ramas que se extienden al sol
como tantas bestias escamosas;
y contra las bandadas esbeltas y caprichosas
él se alza, armado, con todas sus espinas,
con innombrables púas venenosas.

Dentro del purpurado del alba o de los soles en la puesta,
al borde de los bosques, de los lagos, de los viñedos y de los campos,
los prados o los castañares,
el habitante del barranco, del valle y de las mesetas
venera a su ignorancia estos sombríos vegetales:
ya que, al fin, los viejos setos,

a fuerza de haber visto tantos peatones de la ciénaga,
los asnos y los carneros, las vacas y los bueyes,
tienen, como los muy viejos rostros,
tomado un aire fantasmal, profético, adormecido,
que sobre el camino nuevo y el muro vuelto a enlucir
lanza un reflejo de antiguas edades.