Y el recorrido por el libro "Las Neurosis" ha alcanzado el poema final, como arañando y agradeciendo la libertad.
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Por una casualidad se llegó al ensayo "Las Tinieblas Enemigas" de Ruben Darío:
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PARTE UNO
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PARTE DOS
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PARTE TRES
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PARTE CUATRO
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De ahí surgió el interés inmediato por traducir los poemas incluidos en Las Neurosis, que no se encontraban en su gran mayoría disponibles en lengua española.
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He aquí el poema final de este libro:
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DESDE LAS PROFUNDIDADES
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¡Mi Dios! Dentro de sus rabias ínfimas,
dentro de sus tormentos, dentro de sus reposos,
dentro de sus miedos, dentro de sus pantomimas,
¡el alma os llama a cada instante
de lo más profundo de sus abismos!
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Cuando el sufrimiento con sus limas
corroe mi corazón y mis huesos,
a pesar mío, yo grito a vuestras cimas:
¡Mi Dios!
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A los culpables cargando con sus crímenes,
a los resignados llorando sus dolores,
llegan siempre estas dos palabras,
suspiro hablado de los duelos íntimos,
viejo estribillo de las viejas víctimas:
¡Mi Dios!
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El epitafio del libro "La Neurosis" está incluido en el ensayo de "Las Tinieblas Enemigas", y espera hacerse una relación con hipervínculo de todos los poemas que fueron traducidos.
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Así que tenemos ¡ MISIÓN CUMPLIDA !
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¡Buenas Noches y Buena Suerte! o como dice la dama oscura del show de TV:
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GOOD EVENING
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IL POSTINO
miércoles, 25 de agosto de 2010
DE PROFUNDIS !
TRANQUILIDAD
Mi sentimiento se hunde y cae,
la indiferencia me llena,
ya que mi odio se sepulta
mientras que mi piedad sucumbe.
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La mujer serpiente y paloma
no es para mí más que un hecho consumado
mi sentimiento se hunde y cae,
la indiferencia me llena.
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Bajo la ráfaga del viento, bajo la tromba de agua,
mi calma sin vida y sin un pliegue
duerme los largos sueños del olvido
esperando a aquellos de la tumba:
Mi sentimiento se hunde y cae.
REPULSA A LA INQUISICIÓN MODERNA
Querer imponer una creencia o un dogma a los ciudadanos libres es irrisorio, sucedió con la cacería de brujas por la Iglesia, sucedió con el Comité de Salvación Pública y el Reinado del Terror, sucedió con la coronación de una verdad absoluta en los regímenes de Europa del Este, sucede con los líderes religiosos que no entienden que viven en un Estado Laico y que la tolerancia no es una moda, sino que es el status de gente civilizada.
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RONDEL DE LA GUILLOTINA, de Rollinat
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¡Zas! ¡La navaja con el revés plomizo
viene de hundirse como un mazo!
Cayó limpia y verticalmente:
La cabeza da saltitos y hace mueca,
y el cuerpo yace a toda su longitud.
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Sobre la señal de un señor rubio,
el decapitado que se levanta del suelo
es metido en el ataúd, cargado: ¡no es tan largo!
¡Zas!
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La carroza va como el viento del norte,
y dentro de un rincón donde el agua se amontona
y que visita la babosa,
un agujero amarillento, arcilloso, oblongo
recibe la caja a música de violín:
¡Zas!
EL ASALTO AL INFRAMUNDO
En una intrépida empresa se cruza el camino hacia lo desconocido, hacia lo inquietante, y se procede al asalto a lo que generaba miedo, a lo oscuro, a confrontar con esa parte de la realidad que se mantenía prohibida, oculta, porque así convenía a los fatuos.
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SILENCIO Y LUNA...
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Poe, a quien Rollinat le da un homenaje con LAS NOCHES EVOCATORIAS, conmueve a sus lectores en SILENCIO, POÉtico , el epígrafe que antecede al texto es:
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"Las crestas montañosas duermen; los valles, los riscos y las grutas están en silencio."
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Aunque con la intención meramente sinérgica se coloca el epígrafe: "Silencio y Luna... Cementerio y Naturaleza..." tomado de uno de los principales analistas de la poesía de Poe.
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EL SILENCIO DE LOS MUERTOS, de Rollinat
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Escudriña su retrato, esperando que en él salga
un grito que pueda al fin servirnos de antorcha.
¡Ah! ¡si ellos mismos venían a llorar a nuestra puerta
cuando la noche extiende sus alas de cuervo!
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¡No! Mejor que la mortaja, el ataúd y la tumba
el silencio reviste lo que el tiempo se lleva:
El alma huyendo nos deja un horrible jirón
y no nos conoce más desde que la carne está muerta.
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Sin embargo, ¡que de reclamos locos, largos y desesperados,
nosotros damos día y noche hacia todos nuestros enterrados!
¡Cualesquiera oleajes de preguntas vierten con nuestras lágrimas!
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Pero siempre, a través de sus lamentos, sus remordimientos,
sus oraciones, sus lutos, sus spleens y sus alarmas,
el hombre espera vanamente la respuesta de los muertos.
martes, 24 de agosto de 2010
EL MITO DE SÍSIFO
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para meditar....
El infierno: El absurdo de la vida
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El infierno: Ser condenado a subir una piedra que al llegar a la cima vuelve a caer a su punto de partida.
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El infierno: El mito de Sísifo
PREGUNTÓN INQUIETANTE
Al fondo de esta fosa húmeda
de un perpetuo goteo,
¿qué pasa dentro del ataúd,
seis meses después del entierro?
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LA BALADA DEL CADÁVER
EL REPIQUE DE LAS CAMPANAS
Cada día dentro de la basílica
ellas lloran por nuevos muertos,
punzando como los remordimientos
con su sonido melancólico.
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Es la llamada grave y simbólica
que escucho en el albergue y fuera de él.
Con tu sollozo metálico,
¡vieja campana, como tú me muerdes!
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¡Por desgracia! mi alma está destinada,
cuando el horrible repique resuena,
a chillar como una alma condenada,
ya que es la voz que me advierte
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que pronto el tren mortuorio
me llevará como un paquete,
y que para la última de las camas
yo debo preparar mi sudario.
LA SOCIEDAD FÚNEBRE
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LA MORGUE de Rollinat
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Aquellos que el ojo del público ofende,
-ahogados, colgados, asesinados,-
ellos están allí, detrás de un vitral,
sobre las camas de mármol inclinados.
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Los grifos de cobre sucio
hacen su ruido monótono y frío
al fondo de la terrible sala
llena de silencio y de pavor.
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En la bóveda, un montón de ropa arrugada
cuelga, distinguidamente apestada:
harapos siniestros y extravagantes
¡donde más de un muerto fermentó!
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Rostros inflados y deformes;
cráneos aplastados o partidos;
torsos acribillados, vientres enormes,
cuellos cortados y miembros retorcidos:
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Ellos reposan como las masas,demasiado podridas para la villa Clamart,
esbozando todas las muecas
del infierno y de la pesadilla.
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Pero esto es del horror conmovedor,
ya que ellos conservaron dentro de la muerte
el desamparo del terror
y la revuelta del remordimiento.
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Y dentro de un estupor que aflige,
la mirada fija y sin brillo,
muchos grandes y muchos pequeños cadáveres
parecen asombrarse de estar allí.
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Esto es más que, vírgenes y cortesanas,aquellos de los palacios y de los cuchitriles,
citadinos y campesinos,
los mendigos y los dandys,
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Todos, llenos de hambre o llenos de altivez,
cuando ellos perecen desconocidos,
son traídos al puesto de la Morgue,
¡uno al lado del otro, ensangrentados y desnudos!
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Y la multitud cruel y curiosa
viene a mirar de reojo estos espectros repugnantes,
y se esfuma, ruidosa y ruiseña,
habladora de todo, salvo de los cadáveres.
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Pero estos muertos son la querida pastura
de mis miradas alucinadas.
- y yo compadezco vuestra podredumbre,
¡oh cadáveres desgraciados, infortunados!
LA VISIÓN DEL ATAÚD
El carpintero entró, su regla para medir en la mano,
y dice: "¡Buen día! Lo que se entierra mañana,
¿dónde pues está? Veamos. ¡Yo vengo a tomar medida!"
Y como él se adelantaba al fondo de la casa en ruinas,
vió sobre un lecho siniestro y descubierto
al muerto cubierto de una sábana innoblemente sucia.
Vagamente bajo la tela se adivinaban las formas;
un brazo salía de la ropa, y las moscas enormes
volaban con furor alrededor de la cabecera.
Sobre una silla usada un cirio se acababa,
su luz expirante iluminaba el cadáver
y dejaba entrever esta escena que aflige:
Acuclillada a la distancia, pálida y desnuda a medias,
una mujer lloraba en silencio; - ¡Oh! ¡Piedad,
piedad para la pena de esta pobre esposa! -
Mientras que su niño, implacable diablillo,
mordisqueaba su seno magro y le chupaba la sangre.
Este pequeño cuerpo enclenque se retorcía estremeciendo,
los dedos crispados, el ojo blanco y la cara verde:
La peste difundía como una boca abierta,
y la cruel canícula en plena irrupción
ensanchaba otra vez la horrible infección.
El obrero sofocado retrocede hacia la puerta
y dice: "¡Esto es espantoso! ¡Que el diablo me lleve
si nunca sintió podredumbre a este punto!
¿Qué? ¿Usted cuidaba este cuerpo y no se ahogaba no?
¡Diantres! ¡Usted tenía el corazón bueno, ciudadana!
Pero yo hago todos los días tres ataúdes en promedio:
El traje de madera y del que los botones son los tornillos,
yo lo pongo a cada uno, al padre como a los hijos,
a los ricos como a los pordioseros, a las chicas como a la virgen,
y yo mido mis longitudes a la luz de los cirios.
Sí, puesto que todo el mundo tiene necesidad de mi arte,
yo voy de la casa del cura al fondo del burdel;
¡Eh bien! desde hace veinte años que yo hago mi trabajo,
¡y yo no vi otra vez semejante carroña!
lo hará quien tendrá voluntad, su ataúd, ¡entiéndame!"
- Y, sin levantar los ojos, la pobre arrodillada,
azulada de fatiga y de dolor supremo,
respondió simplemente: "Yo lo haré a mí misma."
lunes, 23 de agosto de 2010
LA AGONÍA LENTA DE LOS TÍSICOS
Se ve salir, el verano, por los soberbios tiempos,
los tísicos lentos, endebles y temblorosos;
ellos buscan, el ojo vidrioso y bañado de misterio,
dentro de una grande alameda, un viejo banco solitario
y que el sol cuece dentro de su iluminación.
Entonces, estos desgraciados se sientan ávidamente,
y delicados, encorvados, pálidos como los mármoles
observan vagamente el verdor de los árboles.
A veces los paseantes con las miradas descaradas
echan el ojo a estos parias por el mal atontados,
y nunca la piedad, tanto como la revisión dura,
aparecen sobre su cara tan tonta como dura.
Demasiado plácidos para sentir los lutos y los pavores,
ellos fuman delante de ellos, indiferentes y fríos,
y el olor del cigarro, envenenando la brisa;
causa a estos moribundos una tos que les vence.
Ellos, los martirizados, ellos, los cadaverosos,
como deben sufrir de este contraste horrible
donde la salud pública con su ironía
¡se burla de su miserable y cruel agonía!
Para ellos, cuyos pulmones marchitos desde la cuna
se disipan, hora por hora y pedazo por pedazo,
¡nada de exhalación consolante que abre paso a sus tinieblas!
Además, ellos son asaltados de presagios fúnebres,
teniendo en pleno mediodía, en un azur que hierve,
la hostilidad nocturna y de mala fama del búho:
Un cortejo reencontrado cerca de una basílica;
un carpintero pálido, con el aire melancólico,
que transporta un ataúd apenas cepillado,
donde ya la tapadera en cúpula es ajustada;
un lúgubre paseante que la edad arruga y achaca,
que se habla a él mismo arrastrando su esqueleto
y que responde quizá a algún viejo remordimiento;
una mano que vuelve a poner los "avisos" de muerto;
un sacerdote encapuchado, como un amarillo trapense:
Todas estas visiones se obstinan en su pista.
El término de su vida, ¡por desgracia! ¡va pues a vencer!
¡Ellos lo saben! el que explora su escupidera
dejó demasiado ver sobre su figura falsa,
para que ellos no piensen más que se va a cavar su fosa.
¡Oh! yo reencontré a más de uno por los caminos
que ocultaba a medias su cabeza dentro de sus manos
delante de un coche fúnebre llegando al cementerio;
¡y yo sentí llorar mi alma toda entera!
¿A cuáles estremecimientos, a cuál intenso horror
son condenados estos vivos agobiados de terror,
cuando ellos vuelven al anochecer, en el ocaso del otoño,
dentro de su alcoba tibia, vieja y monótona?
Presos de la más sombría alucinación,
dentro de un mórbido arrebato de imaginación,
bajo un mal que les mina y que les extenúa
¿Osan suponer que su fin llegó,
para asistir por anticipado a su entierro?
¿Ven a los invitados entrar siniestramente
dentro del cuarto donde su ataúd estrecho y mal atornillado
sopla la peste infecta y condensada?
¿Escuchan charlar a los enterradores en voz baja?
¿Ellos sienten que se levanta y que se lleva allí
bajo las bocanadas blancas del lento carro
la madera rectangular donde yace su podredumbre?
Dentro de lo claro, con los acordes de un órgano nasal,
sobre el alto catafalco, en el centro de una niebla
de incienso, que se hace quemar al lado de ellos sobre la piedra
para combatir el olor escapándose de su ataúd,
entre los cirios grises con los resplandores de farol,
llamados por las voces que ahogan el sollozo
y llorados por los cantos de un lamento infinito,
¿ven ellos que se está al final de la ceremonia
mortuoria, y que se les va a tirar dentro del agujero?
La entrada al cementerio, -un suelo viscoso y flexible,-
los enterradores al borde de la fosa que se ofrece,
el brusco nudo corredizo que se pasa alrededor del ataúd
que se zampa y desciende como una cubeta dentro de un pozo;
el choque mate del ataúd al fondo del abismo, y además,
al final, los guijarros, las piedras y la arcilla
que golpean en sacudidas sordas su tapadera frágil,
todo eso pasa en estremecimientos afligidos
en lo más hondo de su alma y de sus huesos gélidos,
y dentro de un soliloquio amargo y tuberculoso,
no pudiendo dominar el supremo pánico,
ellos gritan: "¡Indulto!" al Destino que responde: "No, la Muerte."
Así yo fantaseo, y ofrezco a ustedes que el spleen muerde,
a ustedes, pálidos mártires, más condenados que el Tántalo,
estos versos negros inspirados por la Musa fatal.
ENTIERRO EN EL TIEMPO
AMANTE SEPULTADO PARA SIEMPRE
Dentro del olvido yo cavó la fosa
oblonga y fría donde yo te pongo.
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No creo que sobre mis cumbres
¡hasta a mí tu espectro se alce!
te sepulto para siempre,
ídolo tan remilgado y tan falso.
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Yo estoy muy sólo en el mundo, pero
contra mí mismo yo me sostengo,
y el ascetismo que yo me pongo
me volverá a vestir en adelante:
Te sepulto para siempre.
LOS SUSPIROS DE LOS AMANTES
LA INEVITABILIDAD DE LA ANGUSTIA
Angustia: Sentimiento que acompaña invariablemente al hombre pues es expresión de la conciencia de su inevitable libertad.
"el hombre es angustia. Esto significa que el hombre que se compromete y que se da cuenta de que es no sólo el que elige ser, sino también un legislador, que elige al mismo tiempo que a sí mismo a la humanidad entera, no puede escapar al sentimiento de su total y profunda responsabilidad."
"el hombre es angustia. Si la libertad es la esencia del hombre y la angustia es la toma de conciencia de la libertad, entonces la angustia está en el fondo de nuestro ser, pues es el sentimiento de nosotros mismos, de nuestra libertad.
La Angustia de Rollinat
Desde que el Horror me fascina,
soy el pájaro de esta serpiente.
Yo creo que siempre se me asesina,
que se me envenena o que se me cuelga.
La Unidad se duplica y se triplica
delante de mi ojo aterrorizado,
y el Simple llega a ser múltiple
con una atroz claridad.
Para mi oído, un pie que roza
los peldaños de mi escalera,
sobre los tejados un gato que maúlla,
dentro de la calle un grito de transportista.
El silbido de las locomotoras,
el canto lejano del deshollinador,
mucho ruido tiene notas quejumbrosas
y se tonaliza en menor medida.
En vano todo el día, dentro de la nube
yo hundo un ojo aventurero,
tan pronto como la nube se acerca
yo inclino mi frente desgraciada,
Ya que, llegando a ser verde y despavorido,
la Luna interroga mi miedo,
y tan fijamente me observa,
que yo retrocedo con estupor.
La cama de madera amarilla donde yo me acuesto
me hace el efecto de un gran ataúd.
Esto que yo veo, esto que yo toco,
sonidos, perfumes, todo supura el luto.
En todas partes mi acercamiento es cubierto de vergüenza,
se me teme como la desgracia,
y se le encuentra la ironía
a la sonrisa de mi dolor.
Mi sueño es lleno de sombras fúnebres,
y la antorcha de mi razón
lucha en vano contra las tinieblas
de la locura... en el horizonte.
La mujer que amaba está muerta,
el amigo que me quedaba me perjudicó,
y el Suicidio en mi puerta
llama y vuelve a llamar, día y noche.
Por último, Satán solo puede decirme
si él nunca sufrió tanto,
y si mi corazón debe maldecirle
o envidiarle dentro de su infierno.
RISA DE GUASÓN
DE SUS LÁGRIMAS ABANDONADO
El cráneo de los sufrientes vulgares
es un cielo casi nunca negro,
un cielo donde no se eleve mucho
la abominable desesperanza.
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Cada nube que atraviesa
corriendo este azur que reluce,
se muere en un suave chaparrón
tranquilizador como la noche.
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Una lluvia exquisita de lágrimas
sin esfuerzos surge a raudales,
extinguiendo el fuego de las alarmas
y ahogando los crueles sollozos.
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Entonces para estas almas gordas
en el martirio superficial,
las ilusiones de vuelta
se matizan en el arcoiris.
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Pero el cerebro del solitario,
viejo niño de pecho del terror,
es una cueva llena de misterio
y de vertiginoso horror.
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Del fondo de la opacidad sucia
donde se pudre la esperanza enterrada,
una voz grita: "¡Nada de gracia!
¡No! ¡Nada de gracia al atormentado!"
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Cerca de las iras sin valentía
y que no tienen más que ponerse en cuclillas,
la resignación que rabia
se rebela ya dentro de un suspiro,
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y como un buitre fantástico,
con un ojo duro y profundo,
¡la fatalidad despótica
extiende sus alas en el techo!
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Cráneo más terrible que una cueva
de serpientes venenosas y frías,
donde ni un rayo de día entra
para iluminar tanto pavor,
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¡por tus ojos, aberturas fúnebres,
no entreabriéndose más que sobre las desgracias,
tus pesadas nubes de tinieblas
no se mueren nunca en llanto!
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¡Oh! cuando, roído de inquietudes,
se va gimiendo por los caminos,
a la más profunda de las soledades,
¡no poder llorar dentro de sus manos!
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Envidiar estos dolores de madres
teniendo al menos para desahogarse
el torrente de las lágrimas amargas
¡que la muerte solo puede secar!
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Cuando se querría confundirse en manantial
y chorrear como la sangre,
¡por desgracia! ¡no tener otro recurso
que gesticular chirriando!
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¡Oh! bajo el remordimiento que os ahonda,
morder sus puños crispados, ¡con
el párpado cadaveroso
y el ojo implacablemente seco!
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¡Oh sensitiva hechicera!,
sauce llorón delicioso,
derrama para siempre sobre mi desamparo
¡el rosado agrio de tus ojos!
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¡Que tu lamento humecte mi vida!
¡Que tu sollozo moje el mío!
¡Llora! ¡Llora! ¡Mi yo te envidia
viéndote llorar tan bien!
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Ya que, en este momento, mi negro martirio,
de sus lágrimas abandonado,
para llorar no tiene más que la risa,
¡la risa atroz del condenado!
domingo, 22 de agosto de 2010
CORAZÓN ARCHIMUERTO
Soñaba que mi corazón flotaba dentro del castillo
encima de una copa extraña y polvorienta:
- ¡Para allí sangrar, seguramente! ¡Ya que su herida es tan deslucida
que el tiempo ya regresa otra vez el cuchillo!
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¿Eh qué? La cosa entonces estaba excesivamente horrible:
Ni la muela del spleen, ni los martillazos
de la desgracia, ni la angustia con las mandíbulas del torno
podían expresar su púrpura doloroso.
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¡Mi corazón vive! me hablaba fuertemente, él palpita; ¡él siente!
yo percibo su tic-tac, y desde luego, es de la sangre,
¡de la sangre que va a verter de su herida abierta!
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¡Pero no! Él estaba muerto, archimuerto, y tan madurado,
que una lágrima de pus nauseabunda y verde
supura lentamente como el agua de un viejo muro.
NATURALEZA COMULGABA CON MI DESESPERANZA
Era cerca del ocaso de un día de canícula,
justo en el primer instante del crepúsculo
que la brisa aletargada espera para escaparse,
el ave para esconderse, el sapo para reptar,
donde la flor vuelve a cerrarse así como un párpado,
y que hace estremecerse al árbol y canturrear a la piedra.
Solo, a pasos discontinuos, distraídos y torpes,
yo atravesaba el más salvaje de los lugares,
en los despeñaderos desconocidos por los turistas.
¡Oh! Estaba bien esto que necesitaba a mis ojos tristes.
Peñascos, brezales, bosques, montes, rastrojos ásperos
en los pequeños árboles torcidos, desmedrados y cortados,
toda esta naturaleza ebria de fantasía
rezumaba la somnolencia y el salvajismo.
Así como yo bebí la sombra, y hablé a solas
sobre este montón rocoso, confuso y desmembrado,
cerca de los barrancos muy abiertos como los pozos de éxtasis,
y dentro de estos terrenos planos donde los remolinos de lodo,
bajo las nubes bajas de un verde de vitriolo,
se revelaban a lo lejos por la danza del sol
y por un bullicio de juncos achaparrados y empinados.
Una lluviecita con las gotitas frías
empapaba lentamente estas vegetaciones y estos agujeros,
y todo hacia allá, en el fondo de los lejanos grises y rojos,
el sol cubierto de bruma se desplomaba sobre la cima
de los bosques dominando el río, -un abismo
impetuoso y sordo que se precipitaba
contra los altos granitos donde su vapor ascendía.
Muy sólo dentro de este desierto árido y pintoresco
del que los matorrales parecían sacados de una pintura,
yo erraba, aventurándome sobre los ascensos al pico,
escalando las rocas, deslizándome como un áspid
a través de las gramas humectadas por la bruma,
y hundiéndome entre las piedras llenas de escoria
Los alientos de cerca y de los grandes vegetales
sobre las alas del viento me llegaban de las mesetas,
y dentro de los aires enfriados y cada vez más pálidos,
los pájaros arremolinadores graznaban con largos estertores
otra vez inauditos para mí, el ser indiscreto
del que el campo hizo su interlocutor;
para mí que puedo comprender todos los gritos del espacio
y distinguir el ruido de una hormiga que pasa.
En todas partes la soledad inmensa donde las rocas negras
se alzaban de lado a lado en forma de apagavelas
y liberando de su inmovilidad misma
un fatidismo intenso y de un horror supremo.
Y todo eso sufría tanto como yo,
que allí podía mirar mi dolorosa conmoción
y todos los sobresaltos de mi triste pensamiento:
Bien antes de que la noche misma hubiera comenzado,
esperaba que el valle, o la ola, o el barranco,
con el sonido de la voz de un espectro y de un adivino
continuaría mi salvaje y afligido soliloquio.
Mientras que la niebla colgaba como un andrajo
sobre el torrente espumoso que aullaba a mis pies,
una casa solariega me mostraba sus bloques estropeados,
y, mezclando su ruina a mi desesperanza,
importunaba mi vista a fuerza de atracción.
Un cierto trozo de muro sobre todo: gran devastado
de la melancolía y de lo viejo,
masa esperando el término inminente de su caída,
actualizada como un esqueleto y del que la morgue cruda
le daba un aire grave y del más allá de los tiempos
que parecía desafiar el rayo y los vientos del sur.
¿El eco se volvía doble, y por imposible
el silencio se tendría una fórmula audible
dentro de este desierto horadado, tortuoso y jorobado?
Seguramente entonces mi oído percibió
los murmullos apagados, asfixiados y monótonos,
pareciendo venir del fondo de invisibles cisternas:
Algo vago y más consternado
que el vagido de un niño recién nacido,
como la risa horrible de un monstruo inconcebible
que se quejaba muy a lo lejos dentro de una cueva imposible de encontrar.
Ahora bien, todos estos ruidos estaban tan sugeridos, tan furtivos,
tan melódicamente menores y tan lastimeros,
que en medio de las retamas acercándose a mis hombros
yo lloré dentro del viento como los pobres sauces,
y, el corazón lleno de pavores sagrados y solemnes,
agradecido de las rocas de ser también fraternales
para con el desgraciado novio de la tumba
quien las consideraba a la hora donde la noche cae.
Y me dije: "Yo soy el Peregrino atormentado
por la naturaleza: a mí su plena intimidad
que me interroga o bien que me escucha a toda hora,
¡y que sabe el secreto de las lágrimas que yo lloro!
Yo la amo y yo la temo, ya que yo siento en todos los lugares
abrirse y cerrarse sus invisibles ojos
móviles y videntes como los ojos de un ser,
y cuya ubicuidad me abraza y me penetra;
ya que sé que su alma tiene la intuición
de mi alma donde se retuerce la desolación,
y que, para estar diseminada y nunca agotada,
ella no es menos que la hermana de mi pensamiento:
viendo el aspecto duro y terrible que ellos tienen
yo llego a fantasear que los peñascos no son
más que una fijación de fecha de su revuelta antigua;
mi vértigo es el suyo; mi dolor es el suyo;
ella sufre con un taciturno espanto
el misterio infinito de su principio
y del destino tenebroso que persiguen las cosas
dentro del curso impuesto de sus metamorfosis.
Sus flores son el oropel de un flanco martirizado;
a ella misma, su primavera no es más que un luto disfrazado
y su orden aparente, formal y mecánico,
más que la aceptación de una esclavitud malvada.
En adelante resignada al destino que la muerde,
ella produce sin cese pensando que la muerte,
los cambios radicales y los caos fúnebres
duermen dentro de la duración en el vientre de las tinieblas;
y sus sueños que son los míos hacen su torpeza,
su despeinado, su temor, su estupor,
¡su ráfaga que brama y su cielo que medita!"
Así comprendía a la naturaleza maldita,
así dentro de este barranco, delante de esta vieja casa solariega,
ella comulgaba con mi desesperanza,
y daba ritmo por niveles a su spleen espantoso
con los latidos de mi corazón lamentable.
Mientras que la noche venida a este momento
arrastraba su gradual y taciturna modestia
dentro del color y el ruido, dentro del soplido y del aroma,
y mojaba lentamente de su llanto de fantasma
a los malos hongos muy hinchados de venenos.
Los árboles figurando demonios y seres deformes
parecían menos prisioneros que fastidiosos de la tierra
que ellos recubrían de pavor, de fantasía y de misterio.
Bajo la lividez sideral de los cielos
los búhos maullaban un suspiro ansioso
y las serpientes guardacaminos pasaban dentro de la llovizna.
Es entonces que la sombría y lúgubre ruina
me pareció netamente pintada sobre la niebla,
y que el trozo de muro color de coche fúnebre
pareció estremecerse sobre la colina oscura
y se puso a brillar muy negro en el claro de luna.
¿Pero de dónde me llegaba pues esta espantosa voz?
¡Oh! esto no era ni el agua, ni el viento, ni los árboles
de los que las ramas chasqueaban como banderolas,
¡que descargaban sobre mí estas terrible palabras!
¡No! esta voz venía de las ruinas: era
la casa nostálgica y loca que sollozaba
su lamento furioso, íntimo y familiar
y que aullaba de aburrimiento dentro de sus grilletes de hiedra.
Y eso resonaba como un Dies Irae
que la muerte a ella misma habría vociferado:
¡Esto era el chillido de la piedra que sufre!
Y de repente, el ataúd se entreabrió como un abismo
al fondo de la pesadilla que me raptaba del suelo;
yo me vi cadáver embalsamado de fenol;
el mundo con la mirada seca y fría como una limosna
silbó la partida de mi ataúd en madera amarilla,
y yo circulé dentro de la sombra, para siempre arrastrado,
equipaje de la tumba y de la eternidad.











