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IL POSTINO

IL POSTINO

sábado, 21 de agosto de 2010

LAS NOCHES EVOCATORIAS

Era tan despejado como a tres horas del anochecer,
cuando, cansado de fumar, de leer y de sentarme,
llevando conmigo el sueño que me agita,
abandoné mi cuarto y salí de mi albergue.
Y yo vagué. Todo el cielo estaba tan luminoso,
que los peñascos debían sentir pasar en ellos
las caricias de la Luna y los estremecimientos de las estrellas.
La terrible araña con tan fúnebres telarañas
parecía acechar de nuevo en el crepúsculo gris,
ya que los árboles del terreno en el otoño cadavérico
mostraban dentro de la claridad que congelaba su corteza
muchas copas canas y muchas ramas torcidas.
Era el día sin ruido, el día sin movimiento,
como vivió en otro tiempo la Bella en el Bosque Durmiente,
más bien hecho para los muertos que para nosotros: la sombra
que se volvía la aurora, a la hora donde todo es sombrío.
El aire tuvo la humedad exquisita del rayo,
y el objeto dibujado como por un lápiz
tomaba el aspecto diurno, y endeble, largo, enorme,
acusaba netamente su color y su forma.
Y el silencio, horrible y dulce muerte del ruido,
¡triunfaba bastante en este día lleno de noche
al abrigo del viento ronco y del transeúnte profano
bajo los centelleos del gran cielo diáfano!
El frío llegaba a ser tibio a fuerza de suavidad;
y, el gris de los muros, el verde de los postigos, el rojo
del tejado, la cuerda del pozo, las puntas de la veleta,
allí, al fondo del terreno, una vieja carretilla,
por tierra aquí y allá, las maderas y las herramientas,
toda especie de objetos, altos, planos, grandes y pequeños,
todo, hasta la arena fina como aquella de los arenales
se detallaba en el ojo así como dentro de los sueños.
Entonces, ¡qué misterio y qué extrañeza!
sin duda, ¿una mala suerte me iba a ser echada
por un fantasma blanco reencontrado sobre mi camino?
El hecho es que nunca más la fantástica bóveda
iluminó la tierra a esta hora de pavor:
Me veía tan bien que tenía miedo de mí.
La medianoche iba a sonar dentro de una media hora,
y siempre nada de viento, nada de manantial que llore,
nada más que el horrible silencio donde yo no escuchaba más
que el ruido regular de mis pasos resueltos;
ya que, en el fondo, saboreando mi lenta inquietud,
yo quería hundirme dentro de una soledad
espantosa, sin muros, sin chozas, sin caminos,
¡virgen de todas las miradas y de todos los pies humanos!
y yo llegué sobre una inmensa roca
cuando me recordé que tenía dentro de mi bolsillo
el breviario negro de los amantes de la Muerte,
esta obra que os quema tanto como ella os muerde,
que la caída dictó y que parece escrita
por la mano de Satán, la grande alma proscrita.
Sí, tenía allá sobre mí, dentro de este lugar desierto,
El Corazón Delator, y la Casa Usher,
Ligeia, Berenice y tantas otras historias
que hacen los días temerosos, las noches evocatorias,
y que no se lee nunca sin sentir estremecimiento sobre la piel.
¡Sí delicia y terror! tenía un libro de Edgar Poe:
Edgar Poe, el hechicero doloroso y macabro
que monta a su voluntad a la razón que se encabrita.
Solo, muy solo, en el centro del silencio inaudito,
¿tenía la palidez de un hombre desvanecido
cuando abrí la selección de siniestras novelas
que regalan el vértigo a los más machos cerebros?
¿Mis cabellos se erizaban, en este momento?
¡No lo se! Pero mi corazón batía tan fuertemente,
mi respiración estaba tan anhelante,
que yo les escuchaba a los dos: ¡oh!, ¡la espera
del fantasma previsto durante esta noche allí!
Y yo leí en voz baja Helena, Morella,
El Cuervo, El Retrato Oval, Berenice,
y, -¡que si yo lo hice mal que el Elevado me castigue!-
¡yo releí al Demonio de la Perversidad!
Además, cuando hube finalizado, vi en la claridad
del cielo iluminado como un techo mágico,
de pie sobre una roca un resucitado trágico
cubierto dentro del andrajo horrible de la tumba
y del que la mano sin carne sostenía un cuervo:
Loco, me doy a la fuga, acribillado por los rayos estelares,
¡y es desde este tiempo que yo tengo miedo de las noches claras!

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