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IL POSTINO

IL POSTINO

lunes, 23 de agosto de 2010

LA AGONÍA LENTA DE LOS TÍSICOS

Se ve salir, el verano, por los soberbios tiempos,
los tísicos lentos, endebles y temblorosos;
ellos buscan, el ojo vidrioso y bañado de misterio,
dentro de una grande alameda, un viejo banco solitario
y que el sol cuece dentro de su iluminación.
Entonces, estos desgraciados se sientan ávidamente,
y delicados, encorvados, pálidos como los mármoles
observan vagamente el verdor de los árboles.
A veces los paseantes con las miradas descaradas
echan el ojo a estos parias por el mal atontados,
y nunca la piedad, tanto como la revisión dura,
aparecen sobre su cara tan tonta como dura.
Demasiado plácidos para sentir los lutos y los pavores,
ellos fuman delante de ellos, indiferentes y fríos,
y el olor del cigarro, envenenando la brisa;
causa a estos moribundos una tos que les vence.
Ellos, los martirizados, ellos, los cadaverosos,
como deben sufrir de este contraste horrible
donde la salud pública con su ironía
¡se burla de su miserable y cruel agonía!
Para ellos, cuyos pulmones marchitos desde la cuna
se disipan, hora por hora y pedazo por pedazo,
¡nada de exhalación consolante que abre paso a sus tinieblas!
Además, ellos son asaltados de presagios fúnebres,
teniendo en pleno mediodía, en un azur que hierve,
la hostilidad nocturna y de mala fama del búho:
Un cortejo reencontrado cerca de una basílica;
un carpintero pálido, con el aire melancólico,
que transporta un ataúd apenas cepillado,
donde ya la tapadera en cúpula es ajustada;
un lúgubre paseante que la edad arruga y achaca,
que se habla a él mismo arrastrando su esqueleto
y que responde quizá a algún viejo remordimiento;
una mano que vuelve a poner los "avisos" de muerto;
un sacerdote encapuchado, como un amarillo trapense:
Todas estas visiones se obstinan en su pista.
El término de su vida, ¡por desgracia! ¡va pues a vencer!
¡Ellos lo saben! el que explora su escupidera
dejó demasiado ver sobre su figura falsa,
para que ellos no piensen más que se va a cavar su fosa.

¡Oh! yo reencontré a más de uno por los caminos
que ocultaba a medias su cabeza dentro de sus manos
delante de un coche fúnebre llegando al cementerio;
¡y yo sentí llorar mi alma toda entera!

¿A cuáles estremecimientos, a cuál intenso horror
son condenados estos vivos agobiados de terror,
cuando ellos vuelven al anochecer, en el ocaso del otoño,
dentro de su alcoba tibia, vieja y monótona?

Presos de la más sombría alucinación,
dentro de un mórbido arrebato de imaginación,
bajo un mal que les mina y que les extenúa
¿Osan suponer que su fin llegó,
para asistir por anticipado a su entierro?
¿Ven a los invitados entrar siniestramente
dentro del cuarto donde su ataúd estrecho y mal atornillado
sopla la peste infecta y condensada?
¿Escuchan charlar a los enterradores en voz baja?
¿Ellos sienten que se levanta y que se lleva allí
bajo las bocanadas blancas del lento carro
la madera rectangular donde yace su podredumbre?
Dentro de lo claro, con los acordes de un órgano nasal,
sobre el alto catafalco, en el centro de una niebla
de incienso, que se hace quemar al lado de ellos sobre la piedra
para combatir el olor escapándose de su ataúd,
entre los cirios grises con los resplandores de farol,
llamados por las voces que ahogan el sollozo
y llorados por los cantos de un lamento infinito,
¿ven ellos que se está al final de la ceremonia
mortuoria, y que se les va a tirar dentro del agujero?
La entrada al cementerio, -un suelo viscoso y flexible,-
los enterradores al borde de la fosa que se ofrece,
el brusco nudo corredizo que se pasa alrededor del ataúd
que se zampa y desciende como una cubeta dentro de un pozo;
el choque mate del ataúd al fondo del abismo, y además,
al final, los guijarros, las piedras y la arcilla
que golpean en sacudidas sordas su tapadera frágil,
todo eso pasa en estremecimientos afligidos
en lo más hondo de su alma y de sus huesos gélidos,
y dentro de un soliloquio amargo y tuberculoso,
no pudiendo dominar el supremo pánico,
ellos gritan: "¡Indulto!" al Destino que responde: "No, la Muerte."

Así yo fantaseo, y ofrezco a ustedes que el spleen muerde,
a ustedes, pálidos mártires, más condenados que el Tántalo,
estos versos negros inspirados por la Musa fatal.

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