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IL POSTINO

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jueves, 12 de agosto de 2010

LAS BARCAS PINTADAS

Ellas mueren del spleen, a la sombra de las casas,
las chalupas de mar que vacilan sin tregua,
y que quedrían tentar a los más hundidos horizontes,
lejos de las miasmas calientes y estancadas del arenal,
el abismo que les retuerce, les devora y les rapta.
También cuando el pescador toma los remos pesados,
cada una a toda prisa enarbolando sus atavíos
se escapa del puerto aletargado lleno de bebedores de pintas,
y la brisa infla y hace sobre los oleajes sordos
estremecer la vela blanca en el mástil de las barcas pintadas.

Ellas no fantasean mucho en las oscuridades traicioneras
del Océano que duerme y del viento del sur que sueña.
¡Oh! cuando ellas no tienen más la cadena de las prisiones,
como el aire es exquisito, el agua verde y la hora breve
sin embargo, hace falta ya volver: el día se acaba.
Pero un brusco huracán que destrozaría los paseos,
más loco que un torbellino de cien mil buitres,
se abate sobre la costa con horribles lamentos,
y la gaviota en vano escucha a los alrededores
estremecer la vela blanca en el mástil de las barcas pintadas.

¡Por desgracia! sus flancos menudos, sus frágiles paredes
crujen bajo la nube tempestuosa que se revienta.
Como un montón de serpientes que chorrean sus venenos,
contra ellas, cada ola llega y se levanta
con el salto del tigre y lo afilado de la espada.
Y mientras que al centro de los relámpagos recios y abalanzados
la noche pone sobre la mar su máscara de terciopelo,
el gran faro inquieto dentro de las claridades apagadas
mira, y no ve más, en la hora de los regresos,
estremecer la vela blanca en el mástil de las barcas pintadas.



ENVÍO
¡Señora la Virgen! ¡Oh usted!, que dentro de los malos días
da tan rápidamente asistencia y socorro
a los que el peligro rodea de sus abrazos,
manda que el viento guíe y deje siempre
¡estremecer la vela blanca en el mástil de las barcas pintadas!

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