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IL POSTINO
domingo, 18 de octubre de 2009
BUROCRATIZACIÓN DE LA IMAGINACIÓN
sábado, 3 de octubre de 2009
LA MAGIA DE LA PALABRA, J. Campos
Todo novelista es alguien que sueña un universo y le confiere a ese sueño la facultad de poner en juego, por fin, a la verdadera realidad, propiciando la aparición de algo que no era visible hasta entonces.
El discurso novelesco se acerca de esa manera a la fórmula que, en boca del mago, propicia una transformación de la realidad o un prevalecimiento de la irrealidad.
Volvemos, pues, a ese carácter demoniaco, por ritual y secreto, del acto de escribir del que habíamos salido, como punto de partida y referido a todas las manifestaciones del arte.
"Un artista es una criatura impulsada por demonios", diría Faulkner.
Demonio o simplemente mago, el novelista inventa un universo distinto del que existe, un mundo nuevo poblado por las criaturas de sus sueños y por hechos, situaciones, lugares que han surgido a la realidad por obra y gracia del lenguaje, que funciona como los encantamientos del mago de antaño.
Las palabras que reúne el novelista, una tras otra, en el relato son conjuros emitidos para transformar una realidad en otra realidad.
Los magos se han creído depositarios de poderes ocultos y misteriosos, seres visitados por los espíritus y capaces por ello de transmitir a todo lo que tocan pero, sobre todo, a lo que conjuran mediante la palabra, cualidades que antes no poseían tales objetos o seres: el novelista se atreve a escribir esa sucesión de palabras que constituye la novela porque también se siente instrumento de un poder que escapa a su control pero que se manifiesta a través de su palabra.
Hemos visto cuán numerosos son los testimonios de autores que, al terminar un libro, sienten la extrañeza de encontrarse con aquel objeto extraído de ellos y que, sin embargo, no podrían haber explicar cómo pudo ser fabricado por ellos mismos.
Así como la magia establece conexiones entre objetos muy dispares, la novela es el ámbito donde se encuentran sitios y seres que están hechos de fragmentos de otros lugares y otras personas y de otras cualidades inventadas, de modo que nunca hubieran podido acercarse en el mundo que no es el de la novela, para atestiguar, como también hacían los magos, la posibilidad de transformar el caos en un cosmos regido según su voluntad.
¿Qué poderes han atribuido a la magia?
Desde asegurar la salud y la fecundidad hasta propiciar el descenso de las estrellas sobre la tierra.
¿No hemos recogido acaso el testimonio de novelistas que atribuían a la escritura la facultad de conferir inmortalidad a lo que ha sido puesto en palabras?
Cuando el novelista se mete en la novela, para acentuar su carácter ficticio, se contempla a sí mismo trocando su vida por la vida de sus personajes: él mismo pasa a ser su propio personaje o , si pensamos otra vez en el mago primitivo, acepta la existencia de un doble, que es a la vez idéntico y distinto de él mismo, un doble encarnado por palabras.
Los viejos ritos de transmisión obligaban a las fuerzas ocultas a pasar de un objeto a otro: la creación de personajes que sólo tienen vigencia en el coto de la ficción es, a su modo, un rito de transmisión.
martes, 22 de septiembre de 2009
SILENCIO, POÉtico
SILENCE ET LUNE...
CIMETIÈRE ET NATURE...
Fábula:
Las crestas montañosas duermen;
los valles, los riscos y las grutas están en silencio.
—Escúchame — dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza—. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.
Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.
Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.
Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.
Y de improviso se levantó la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz habla caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACION.
Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo.
Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca.
Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.
Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.
Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.
Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron, y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.
Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo.
Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara.
