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IL POSTINO

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jueves, 7 de octubre de 2010

NOBEL A VARGAS LLOSA

¡ Felicidades a Mario Vargas Llosa !

Se comparte el gusto por Madame Bovary, novela escrita por el normando Flaubert, indisolublemente ligado a Maupassant y su Horla como el gran maestro y protector.

Se recomienda su novela "La Fiesta del Chivo" para los que quieren enterarse lo que se sufre en dictaduras como la que sufrió la República Dominicana, por lo que hay que seguir fortaleciendo nuestra democracia y por fin lograr un México moderno.


¡ Vivan las niñas malas !

lunes, 16 de agosto de 2010

PERSONALES LOCURAS DE DOS

Las mil y una noches de Maupassant.
(El País, 28-2-2009)

De los 350 cuentos que llegó a escribir Guy de Maupassant el lector va a encontrar en este libro 119, lo que indica que nos hallamos ante una sólida antología del genial cuentista francés que pasó su vida atormentado por las caricias sombrías de la locura y las pulsiones suicidas, y que a pesar de eso (y de las supuestas distorsiones del discurso que solemos atribuir a los dementes) dejó tras él una obra transparente, bien adjetivada y de una elegancia y una musicalidad del todo envidiables. Maupassant es uno de esos escritores que hay que leer para aprender a escribir pues tiene todas las virtudes con las que solemos identificar a los maestros. Discípulo predilecto de Flaubert, que creía en la "palabra justa", hizo suyo el legado de su mentor asegurando que "para cualquier cosa que se quiera decir hay una palabra para expresarla, un verbo para animarla y un adjetivo para calificarla".

La identidad entre la palabra y la cosa puede ser un espejismo como piensan los que le niegan sustancialidad al lenguaje, pero creer en ella ayuda a esmerarse en la adjetivación (y no olvidemos que los adjetivos son la moral del escritor así como su sistema de valoración del mundo). Y el sistema de valoración del mundo que se desliza en los cuentos de esta antología nunca llega a ser cruel, aunque sí muy penetrante y a veces duele en el pensamiento y en el corazón.

Una de las máximas virtudes de esta antología, concebida con inteligencia y amplitud, es que a través de ella vamos detectando las vicisitudes físicas y mentales por las que fue pasando Guy de Maupassant, así como su trayectoria propiamente literaria. Es observable por ejemplo cómo Maupassant se va deslizando desde un naturalismo reposado y flaubertiano, detectable en Bola de sebo, a un naturalismo cada vez más extrañado e inquietante (en su fondo, nunca en su forma) pues Maupassant nunca fue un autor descuidado. Naturalismo extrañado de cuentos como en Saint-Antoine, El regreso, Un hijo, que le irán conduciendo a narraciones de carácter alucinatorio en las que llevará a cabo una exploración de su propia locura y de los estados más negros del alma. Se trata de una tendencia bien clara en relatos como La muerta, Un loco, Las sepulcrales, La noche, Lo horrible, La madre de los monstruos, La cabellera, y muy especialmente en El Horla, del que aquí aparecen dos versiones, lo que indica hasta qué punto le obsesionó a Maupassant este cuento, estrechamente emparentado con William Wilson de Poe, y donde percibimos una de las claves más trágicas de la locura de Maupassant, acosado por su enemigo interior y por lo que él llamaba "el desorden desconocido", en oposición al desorden conocido y soportable, que se abatía sobre él sobre todo por la noche (y no hay que olvidar que la noche es un leitmotiv en los cuentos de Maupassant), cuando esperaba el sueño "como quien espera al verdugo", y sentía que alguien poseía y gobernaba su alma y lo convertía en esclavo de las más pavorosas pulsiones. Situación que le condujo al intento de degollarse a sí mismo y a la muerte, no mucho después, en un asilo mental. Hechos bien penosos que no deben crear en el lector la impresión de que la vida de Maupassant fue sólo un infierno y que sus cuentos sólo tratan de los estados crepusculares del espíritu, pues de todo hay en la vida y la obra de Maupassant, y si algo lo caracteriza como cuentista es su deslumbrante diversidad y su capacidad para expresar todas las emociones del cuerpo y el alma.

(La imagen es de Ana Juan para ilustrar el libro "Cuentos Esenciales")
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EL LOCO de Rollinat.

Sueño un país rojo y rezumando la matanza,
erizado de árboles verdes en forma de gorrito de noche,
los martirios alrededor, y dentro del vecindario
un estanque donde gire un horrible hoyo.

Salvaje y vuelto loco por los calabozos a mediana edad,
iría a sepultarme en el fondo de una casa antigua:
¡como yo aspiraba el misterio que nada
entre los vastos muros tapizados de terciopelo negro!

Para jardines, yo querría dos o tres cementerios
donde yo podría muy sólo merodear las noches enteras;
yo caminaré lúgubre y triunfante.

PASOS SOBRE LA MESA

Escoltado de holgazanes gordos como aquellos del Tigre.
¡Oh! fumar el opio dentro de un cráneo pequeño,
¡los pies indolentemente apoyados sobre un tigre!

LOCURAS

Y cuando Maupassant se volvió loco lo encerraron en el manicomio, la última nota del expediente médico: "El Señor Maupassant va animalizándose... Murió a la edad de cuarenta y dos. Su madre le sobrevivió."

sábado, 9 de enero de 2010

M.L.P. JE VOUS FAIS UNE LETTRE


PÍCARA COBARDE
.
QUE TIENE MIEDO
.
DE UNA CARTA





COQUINE LÂCHE,

QUI A PEUR

D'UNE LETTRE !

viernes, 8 de enero de 2010

INEXISTENCIA



LA INFANTA:


"PARA MÍ,

NI SIQUIERA EXISTE

USTED"

Pour moi,

vous n'existez

même pas

domingo, 13 de diciembre de 2009

CHARLOTTE

¡ A MÍ, MI QUERIDA AMIGA !

À moi ! ma chère amie ! à moi !


À moi ! ma chère amie ! à moi !


¡ A MÍ, MI QUERIDA AMIGA !

viernes, 13 de noviembre de 2009

LÓGICA INCIERTA


POULET
.
.
.
el que nace no sabe que nace
.
.
y
.
.
el que muere no sabe que muere

martes, 20 de octubre de 2009

BRUJA EN ESPERA...

BRUJA EN ESPERA DE GALÁN


SEGISMUNDA


VOLAR DE TOSCANA A NORUEGA


VOLAR SOBRE EL MANTO DE UNA BRUJA


¡ ESTÁ LISTA LA ESCOBA !


POS...


A VOLAR CON LA BRUJITA

sábado, 15 de marzo de 2008

¿QUÉ PUEDO HACER? ¡ NADA ! , ¿Él? Maupassant

Sí;

por mucho que razono,

por más que me lo explico,

no puedo estar solo en mi casa.


Él no se aparece,
pero me domina. No vuelve. Todo acabó. Pero sufro como si volviera. Invisible para mis ojos, ahora se clava en mi pensamiento.

Lo adivino detrás de las puertas,

lo adivino dentro del armario,

lo adivino debajo de la cama,

lo adivino en todos los rincones,

lo adivino en cada sombra,

lo adivino entre la oscuridad...

Si me acerco a la puerta,

si abro el armario,

si miro debajo de la cama,

si aproximo una luz a los rincones,

huye con la oscuridad:

nunca se presenta.


Quedo convencido, no se presenta, no existe, y, sin embargo, me obsesiona.

Es imbécil y horrible.

¿ QUÉ PUEDO HACER ?

¡ NADA !


Si alguien estuviera conmigo, él no me turbaría.

Turba mi soledad;

le temo,

porque la soledad me acongoja.

ME OBSESIONO, ME ACOBARDO , ¿Él? Maupassant

Sin embargo,

temo, y me obsesiono.
"Un brazo colgaba fuera del sillón y tenía las piernas una sobre otra".
¡Basta!

¡Basta!

¡Es insufrible!

¡ No quiero pensar

y no se aparta de mi pensamiento !

¿Qué significa esa obsesión?

¿Por qué persiste?
¡Veo sus pies junto al fuego!
Me acobardo;

es una locura;

pero el caso es que me acobardo.

¿ Quién es ?

¡Ya sé que no existe,

ya sé que no es nadie!

Sólo existe como

imagen de mi angustia,

imagen de mi desasosiego,

imagen de mis temores.

¡ Basta, basta !

RUIDOS IMAGINARIOS , ¿Él? Maupassant

-¡Ah!... ¡Qué gusto! ¡Qué alegría! ¡Qué fortuna! Iba de un lado a otro, decidido; pero no estaba satisfecho; de pronto, volvía la cabeza, sobresaltado; cualquier sombra me hacía temer. Dormí poco y mal, despertándome con frecuencia ruidos imaginarios.

Pero no lo ví;

no apareció.
Desde aquel día,
todas las noches el miedo me acosa.

Lo adivino cerca de mí,

lo adivino detrás de mí.

No se presenta,

pero me hace temer.
Y ¿por qué temo,
si no ignoro que fue alucinación,
que no existe, que no es nada?

MI CEREBRO ATONTADO , ¿Él? Maupassant

Al amanecer, la claridad me tranquilizó y dormí sosegado hasta el mediodía. Todo había concluido.

Fue una fiebre,

una pesadilla,

¿quién sabe?

Sin duda estuve algo enfermo.

Sólo sentí al despertar

mi cerebro atontado.

Pasé alegremente aquel día; comí en el restaurante; fui al teatro; luego, me dispuse a retirarme. Pero, camino de mi casa,

una inquietud angustiosa

me sobrecogió.



Temí encontrarlo;
no porque me infundiera miedo verlo, no porque imaginara real su presencia;
temía sentir de nuevo el extravío de mis ojos,

mi alucinación,

miedo al espanto sin causa.


Durante más de una hora estuve arriba y abajo por mi calle hasta que,
//////juzgando imbécil mi temor,//////

entré al fin en casa.

Iba temblando

hasta el punto de que me fue difícil subir la escalera.


Estuve diez minutos en el descansillo, hasta que tuve un momento de serenidad y abrí. Entré con una bujía en la mano, di un puntapié a la puerta de mi alcoba,

y mirando ansiosamente

hacia la chimenea,

no vi a nadie.

CREÍ VOLVERME LOCO, ¿Él? Maupassant

Encendí la bujía, y al acercar la mano al fuego, sacudióla un temblor, y me incorporé rápidamente, como si alguien me hubiera tocado por la espalda.

Sentía inquietud...

Anduve de una parte a otra,

diciendo algunas frases, para oírme;

canté a media voz.



Luego cerré la puerta con llave, y esto me tranquilizó algo. Nadie podía entrar por sorpresa.

Sentado, reflexioné las circunstancias de mi aventura; después me fui a la cama y apagué la luz. Al principio nada hubo de particular. Estuve tumbado tranquilamente. Luego sentí ansia de mirar en torno y me apoyé sobre un costado.

En la chimenea sólo había ya dos o tres brasas; lo suficiente para permitirme ver con sus difusos reflejos las patas del sillón, y
me pareció que había vuelto a sentarse un hombre.

Encendí una cerilla con rapidez. Me había equivocado.
No vi a nadie.

Sin embargo, me levanté, arrastrando el sillón hasta la cabecera de mi cama.

Volviendo a quedarme a oscuras, procuré descansar. Acababa de dormirme cuando se me apareció, en sueños, pero tan claro como si lo viera en realidad, el hombre sentado junto a la chimenea. Despertando con angustia, encendí la luz, y me quedé sentado en la cama sin atreverme a cerrar los ojos.


Dos veces me venció el sueño, a mi pesar; dos veces el fenómeno se reprodujo.


Creí volverme loco.


.
.

ALUCINACION, ERA SEGURO , ¿Él? Maupassant

Siempre que salgo de casa, doy las dos vueltas a la llave. Me sorprendió que sólo estaba echado el picaporte, y supuse que habría entrado el portero para dejarme alguna carta sobre la mesa.

Entré. Aún estaba encendida la chimenea; los resplandores del fuego esparcían alguna claridad por la estancia. Acerqueme para encender una luz y vi a un hombre que, sentado en mi sillón, se calentaba los pies, mostrándome la espalda. No sentí miedo. ¡Ah, ni la más insignificante zozobra! Una suposición muy verosímil cruzó mi pensamiento; supuse que alguno de mis amigos fue a verme, y el portero lo hizo entrar para que me aguardara. Y de pronto recordé su prontitud en abrirme la puerta de la calle y la circunstancia de hallarme la de mi cuarto cerrada sólo con picaporte.

Mi amigo dormía profundamente. Un brazo colgaba fuera del sillón y tenía las piernas una sobre otra. Su cabeza, inclinándose, indicaba un sueño tranquilo. Entonces me pregunté:


"¿Quién será?".




Y cuando puse la mano en su hombro..., el sillón estaba ya vacío.


No vi a nadie.

¡Qué sobresalto! ¡Misericordia!



Retrocedí, como si un peligro espantoso me amenazara.

Luego, dando media vuelta en redondo, cercioreme de que tampoco había nadie a mi espalda. Un ansia irresistible me arrastró hacia el sillón vacío. Y estuve en pie, angustioso, jadeante, horrorizado, a punto de caer al suelo, desvanecido.


Pero soy hombre sereno y pronto recobré mi sangre fría. Me dije:


"Acabo de padecer una desagradable alucinación.

Todo se reduce a eso".


Y reflexioné inmediatamente acerca de semejante fenómeno. El pensamiento vuela en tales circunstancias.

Que todo fue alucinación, era seguro.


Pero mi espíritu no se había turbado, mi juicio funcionaba mientras sufría natural y lógicamente;

luego no hubo desarreglo cerebral.


Solamente se habían engañado mis ojos, y su engaño fue origen del error mental. Habían padecido los ojos un extravío, una de las aberraciones visuales que parecen milagrosas a las gentes incultas. Era un poco de congestión, acaso.

.
.

¡ MIEDO DE MI MISMO ! , ¿Él? Maupassant

Y a pesar de todo..., ¡claro!..., a pesar de todo,


tengo miedo...,


¡miedo de mí mismo!...


Tengo miedo al miedo;


me infunden miedo las perturbaciones de mi espíritu.


Me asusta la horrible sensación

del terror incomprensible.


Ríete de mí si te place. Sufro sin remedio. Me hacen temer las paredes, los muebles, los objetos más triviales que se animan contra mí. Sobre todo, temo los extravíos de mi razón, que se confunde y desfallece acosada por una indescifrable y tenue angustia.

Comienzo por sentir una vaga inquietud que atormenta mi alma y al fin me produce un escalofrío. Vuelvo la vista en torno y no descubro nada que pueda causarme terror. Yo quisiera encontrar algo que lo motivase.


¿ QUÉ ?




Algo sensible, corpóreo. Pero ¡ay!, lo que más aumenta mi terror es que no hallo su causa.

Si hablo, mi voz me asusta. Si paseo por la estancia, temo tropezar con lo desconocido que se oculta detrás de la puerta, entre la cortina, en el armario, bajo la cama. Y, sin embargo, tengo la certeza de que mi temor es infundado.

Doy media vuelta con brusquedad, temeroso de lo que tengo a la espalda. Y estoy seguro de que no hay nada temible.

Me agito; mi espanto aumenta; cierro con llave mi habitación. Me hundo entre las ropas de mi lecho, haciéndome un caracol; cierro los ojos obstinadamente y permanezco en semejante postura un tiempo indefinido; reflexionando que la bujía sigue ardiendo y que será indispensable apagarla. Ni siquiera me atrevo a moverme. ¿No es horrible vivir así? Antes, no me preocupaban esas cosas.

Entraba en mi habitación tranquilamente.

Iba y venía sin que nada turbase mi serenidad.

¡No me hubiera reído poco si alguien me pronosticara que una dolencia de miedo inverosímil, estúpido y terrible me sobrecogería con el tiempo!

Entonces no me asustaba poco ni mucho abrir las puertas en la oscuridad, ni acostarme tranquilamente sin echar los cerrojos, y nunca tuve que levantarme a medianoche para convencerme de que todas las aberturas de mi cuarto estaban herméticamente cerradas.

Mi dolencia lastimosa dio comienzo hace un año de un modo especial.

jueves, 13 de marzo de 2008

El Suicidio , Emile Durkheim , HORLA de Maupassant

No ... no ... no hay duda, no hay duda alguna, ¡no ha muerto! ¡Entonces si él no ha perecido será preciso que yo me suicide!

10 DE SEPTIEMBRE
¿Muerto? ¿Será posible? Su cuerpo, aquel cuerpo que la luz atravesaba ... ¿Podía destruirse por los mismos medios que el nuestro?

¿Y si no había muerto?


Entonces, solo el tiempo puede ejercer su poder sobre el Ser Invisible y Formidable. ¿Era de temer que este cuerpo transparente, desconocido, este cuerpo de Espíritu, estuviese sujeto también a las enfermedades, a las heridas, a los males que nos afligen a los demás, a la destrucción prematura en fin?

¿La destrucción prematura?


¡Todo el miedo de la humanidad es producido por ella!


Después del hombre, ¡el Horla! Después del que puede morir cualquier día, a cualquier hora, a cualquier minuto, por un accidente imprevisto, ha llegado el que no debe morir más que en su día, a su hora, en su minuto, alcanzar el límite de su existencia.

No ... no ... no hay duda, no hay duda alguna,

¡no ha muerto!


¡Entonces si él no ha perecido

será preciso que yo me suicide!


.
.

Wilder Napalm , Debra Winger , HORLA de Maupassant

No ... no ... no hay duda, no hay duda alguna, ¡no ha muerto! ¡Entonces si él no ha perecido será preciso que yo me suicide!

10 DE SEPTIEMBRE
De pronto noté su presencia y sentí una alegría feroz. Me levanté con negligencia y comencé a dar paseos arriba y abajo un buen rato para que no sospechase nada. Después me quité las botas y me calcé unas zapatillas distraídamente; luego cerré mis persianas de hierro y dirigiéndome con paso tranquilo hacia la puerta, la cerré con doble vuelta. Volviendo otra vez a la ventana, reforzéla con un candado, del cual, me guardé la llave en el bolsillo. De repente, comprendí que se agitaba a mi alrededor, que a su vez tenía miedo de mí y me ordenaba que le abriese. Fingí ceder, pero en vez de hacerlo, me arrimé a la puerta y entreabriéndola, salí de espaldas y, gracias a mi estatura la obstruí casi por completo.

¡Estaba seguro que no había podido escaparse

y allí lo encerré, solo, completamente solo!


¡Qué alegría! ¡Estaba en mi poder! Entonces bajé corriendo; cogí del salón que había bajo mi habitación las dos lámparas y derramé todo el petróleo sobre los tapices, sobre los muebles, por todas partes; una vez hecho esto les prendí fuego y me puse a salvo, después de haber cerrado con doble vuelta la gran puerta de entrada. Y fui a ocultarme en el fondo de mi jardín, tras un macizo de laureles.

¡Qué largo me parecía el tiempo!

Todo era oscuridad, quietud y silencio;

no se percibía ni un gemido del aire


y ni una estrella se divisaba a través de las enormes montañas de nubes, que yo adivinaba sin verlas, porque me parecía que gravitaban sobre mi alma con todo su peso inmenso ... infinito. Miraba a mi casa y esperaba.

¡Qué eternos se me hacían los minutos!


Creía ya que el fuego se había extinguido por sí solo o que Ël había logrado apagarlo, cuando una de las ventanas del piso bajo cayó hecha astillas, impulsada por el voraz elemento y una llama, una gran llama roja y amarilla, larga, blanda, acariciadora, subió besando el muro, a lo largo, hasta rebasar el techo. Una luz pavorosa se reflejó en los árboles, en las ramas, en las hojas y algo así como

un estremecimiento de miedo,

un temblor insólito,

se apoderó de todo cuanto me rodeaba.


Los pájaros se despertaban, los perros aullaban; parecía que iba a amanecer. Otras dos ventanas estallaron del mismo modo en seguida y, un segundo después, toda la planta baja no era más que un espantoso brasero. Pero un grito, un grito horrible, más agudo ... desgarrador, un grito de mujer, rompió el silencio de la noche, al mismo tiempo que el techo se hundía.

¡Había olvidado a mis criados!


Yo vi sus caras demudadas, enloquecidas y sus brazos agitándose convulsivamente ... Entonces, Ioco de terror, echo a correr hacia la ciudad, gritando: ¡Socorro ... socorro! ¡Fuego ... fuego! Encontré gente que acudía al lugar del siniestro y me uní a ellos, para ver hasta el fin. La casa no era ya más que una hoguera horrible y magnífica, que alumbraba la tierra;

un brasero

donde se quemaban

algunas personas
y
un brasero

donde se quemaba

también Él,

Él, mi prisionero, el nuevo Ser, el nuevo Dueño ... ¡El Horla!


Bien pronto cayó el techo entero como devorado entre los muros y un volcán de llamas se remontó hasta el cielo. Por todas las ventanas abiertas
sobre aquel horno

veía la inmensa pira

y pensaba en que

Él estaba allí, en aquel infierno, muerto.

Cobarde, pero... hasta la medianoche , HORLA de Maupassant

No ... no ... no hay duda, no hay duda alguna, ¡no ha muerto! ¡Entonces si él no ha perecido será preciso que yo me suicide!


20 DE AGOSTO

¿ MATARLO ?


¿Cómo, puesto que no puedo alcanzarlo?


¿ EL VENENO ?


Pero me verá mezclarlo en el agua, y además, ¿quién me asegura que nuestros venenos produzcan efecto en su cuerpo imperceptible? No ... no ... esto no tiene duda.


Entonces, ¿qué?



21 DE AGOSTO
He hecho venir de Rouen a un cerrajero y le he encargado unas persianas de hierro para mi habitación; como las tienen en París ciertas casas particulares, de planta baja, por temor a los ladrones. Además me construiré una puerta semejante.

Me habré tomado por un cobarde,

pero no me importa.


10 DE SEPTIEMBRE

Rouen - Hotel Continental.

Esto es hecho ... es hecho ...

pero, ¿habrá muerto?


Aún tengo el alma trastornada de lo que he visto.

Ayer,

después que el cerrajero hubo colocado las persianas

y la puerta de hierro,


dejé todo abierto hasta cerca de la medianoche,

a pesar del frío que se dejaba sentir.


-
.

Vacío y Miedo , HORLA de Maupassant

No ... no ... no hay duda, no hay duda alguna, ¡no ha muerto! ¡Entonces si él no ha perecido será preciso que yo me suicide!

19 DE AGOSTO
De repente, me levanto y extendiendo los brazos, me vuelvo tan rápidamente que estuve a punto de caer. ¡Ah!

¿ Qué era aquello ?

A pesar de la profusión de luces ...

¡ no me veía en el espejo !



¡ Estaba vacío,

claro, profundo, lleno de luz! ...

¡ Mi imagen no estaba allí ! ...



Sin embargo, yo estaba enfrente, ¡sí, estoy seguro!
¡Y contemplaba con ojos despavoridos


aquel gran vidrio completamente límpido!


¡No me atrevía a dar un paso hacia él, ni osaba hacer movimiento alguno,
seguro de que Él estaba allí

y de que su cuerpo impalpable, impedía al mío reflejarse! ...

¡Y se me escapaba otra vez!

¡ QUÉ MIEDO SE APODERÓ DE MÍ !

De repente, empiezo a ver mi imagen reflejarse en el fondo del espejo, envuelta en una ligera bruma como a través de una sábana de agua, y me parecía que esta capa de agua resbalaba de izquierda a derecha, lentamente, dejando precisar mi imagen de segundo en segundo. Era como el final de un eclipse. El cuerpo que me ocultaba, no parecía tener contornos claramente definidos, sino una especie de trasparencia opaca que iba aclarándose poco a poco. Al fin, pude distinguirle completamente, como de ordinario. ¡Lo había visto! Tal es el espanto que he experimentado, que aún me estremezco de frío.

Rozando mi piel , HORLA de Maupassant

No ... no ... no hay duda, no hay duda alguna, ¡no ha muerto! ¡Entonces si él no ha perecido será preciso que yo me suicide!

19 DE AGOSTO
¡Lo mataré! ¡Ya lo he visto! Ayer sentado ante la mesa de mi despacho, hacía ademán de escribir con gran atención. Estaba seguro que vendría a rondarme muy de cerca, tan cerca, que quizás podría tocarle, cogerle ... Entonces, ¡ah! entonces ...

la desesperación me daría fuerzas;

haría uso de mis manos, de mis rodillas,

de mi pecho, de mis dientes,

¡hasta de mi cabeza,

para estrangularlo, aplastarlo, morderlo ... despedazarlo!

Y con todo mi organismo excitado, acechaba, ...

esperando el momento apetecido.


Había encendido las dos lámparas del despacho y las ocho bujías de la chimenea, como si con esta claridad hubiese podido descubrirlo. Enfrente de mí tenía la cama, una antigua cama con columnas de encina; a la derecha, la chimenea, a la izquierda la puerta, cuidadosamente cerrada, después de haberla dejado abierta largo tiempo con el objeto de atraerlo; detrás de mí, un elevado armario de espejo, frente del que tengo la costumbre de acicalarme y vestirme, y donde me suelo mirar, de pies a cabeza, cada vez que paso delante de él. Así, pues,

simulaba escribir,

como antes he dicho,

para engañarle,

puesto que

estaba seguro de que me espiaba;

no tardé en apercibirme, con certeza,

de que estaba leyendo por encima de mi hombro y que

se encontraba allí,


R O Z A N D O.....M I.....P I E L.

Ecce Homo , HORLA de Maupassant

No ... no ... no hay duda, no hay duda alguna, ¡no ha muerto! ¡Entonces si él no ha perecido será preciso que yo me suicide!

19 DE AGOSTO

¡ UN SER NUEVO !
Nuevo, ¿por qué?
NO PODÍA DEJAR DE VENIR,

¿acaso nosotros debíamos ser los últimos?

No le conocemos, como no conocemos tampoco

a los que nos precedieron.


Tal vez su naturaleza es más perfecta, su cuerpo mejor constituído, más acabado que el nuestro, tan débil, tan torpemente concebido, embarazado por órganos siempre fatigados, siempre forzados como resortes demasiado complejos; mejor que el nuestro, repito, que necesita vivir como una planta, como una bestia, nutriéndose penosamente de aire, de vegetales y de carne, máquina animal, presa de enfermedades, de deformaciones y de pobredumbres; asmático, mal ajustado, simple y extraño, ingeniosamente mal hecho, obra grosera y delicada a un tiempo, esbozo de un ser que podría llegar a ser inteligente y grande. ¿Entre las múltiples variedades desde la ostra al hombre, por qué no se ha de admitir otra más, una vez cumplido el periodo que separa las apariciones sucesivas de las diversas especies? ¿Por qué no? ¿Y por qué también, la de otros árboles, llenos de inmensas flores, resplandecientes, que perfumasen regiones enteras? ¿Por qué no han de existir más elementos que el fuego, el aire, la tierra y el agua? ¿Por qué han de ser cuatro, tan solo, nuestros amos? ¡Qué lástima! ¿Por qué no habrán de ser cuarenta, cuatrocientos, cuatro mil?

¡Cuánta pobreza;


cuánta mezquindad,


cuánta miseria! ...



¡Qué avaramente otorgado,

qué secamente inventado,

qué groseramente hecho!


¡Ah! ¡Cuánta gracia en los movimientos del elefante y del hipopótamo! ¡Qué curvas más elegantes las del camello! ... Me objetaréis ... ¿Y la mariposa? ¡Una flor con alas! Yo sueño en una que podría ser tan grande como cien universos, dotada de unas alas, cuya forma, belleza, color y movimientos no me es posible explicar. Parece que la veo ... Va de estrella en estrella, de mundo en mundo, refrescándolos y embalsamándolos con su ligero y armonioso aleteo ... Y los seres que pueblan el infinito la miran pasar, extasiados y llenos de amor ...


¿Qué es lo que tengo?

¡ Es él,

él,

el Horla,

que me posee,

que me hace pensar estas locuras!



¡Está en mí, dentro de mi alma! ¡Lo mataré! ...

.
.