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IL POSTINO

IL POSTINO

sábado, 22 de marzo de 2008

IDÉNTICOS , Sosias , Dostoievski

El señor Goliadkin estuvo a punto de alcanzarlo. Dos o tres veces le rozó la nariz el borde del gabán del desconocido. De pronto se le cayó el alma a los pies. El misterioso personaje se detuvo frente a la puerta misma del apartamento del señor Goliadkin, llamó con los nudillos y (lo que en otra ocasión hubiera sorprendido al señor Goliadkin) Petrushka, como si hubiera estado esperando sin acostarse, abrió al punto la puerta y con una bujía en la mano alumbró la entrada del desconocido. Fuera de sí, nuestro héroe entró corriendo en su domicilio. Sin despojarse del gabán y el sombrero siguió por el corto pasillo y se detuvo, como alcanzado por un rayo, en el umbral de su habitación. Todos los presentimientos del señor Goliadkin se habían cumplido. Todo lo que temía y sospechaba se había trocado en realidad. Se le cortó el aliento y sintió un mareo. El desconocido estaba sentado en su propia cama, sin quitarse el gabán y el sombrero; y con una ligera sonrisa, frunciendo levemente el entrecejo, le dirigía un amistoso movimiento de cabeza. El señor Goliadkin quiso gritar, pero no pudo; protestar de alguna manera, pero le fallaron las fuerzas. Se le erizó el cabello y

se desplomó exánime del horror que sentía.
¿Y cómo no?
El señor Goliadkin
había reconocido enteramente a su amigo nocturno.

Su amigo nocturno no era otro que él mismo,

el propio señor Goliadkin,

otro señor Goliadkin,

pero

absolutamente idéntico a él...
En una palabra,
su doble...

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